La investigación en interfaces cerebro‑computadora acaba de dar un salto importante con la presentación de un implante cerebral ultrafino capaz de transmitir en tiempo real grandes volúmenes de actividad neuronal de manera totalmente inalámbrica. El sistema, denominado Biological Interface System to Cortex (BISC), fue desarrollado por un consorcio de grupos en Estados Unidos y se dio a conocer en un artículo reciente en una revista de electrónica avanzada.
A diferencia de muchos dispositivos actuales, que requieren un conjunto de componentes voluminosos alojados en una caja rígida dentro del cuerpo, BISC se basa en un único chip de silicio flexible. El implante tiene el grosor aproximado de un cabello humano y se desliza en el espacio entre el cráneo y la superficie del cerebro, apoyado sobre la corteza como una lámina delgada. Desde esa posición, puede registrar la actividad eléctrica de amplias zonas corticales sin necesidad de penetrar el tejido con agujas profundas.
El diseño integra en un mismo circuito integrado todo lo necesario para funcionar como interfaz neuronal de alta capacidad: decenas de miles de electrodos distribuidos sobre la superficie del chip, canales para registrar señales cerebrales, módulos de estimulación, conversores de datos, gestión de energía y un sistema de radio capaz de enviar la información al exterior. Según los responsables del proyecto, el dispositivo logra un ancho de banda inalámbrico de alrededor de 100 megabits por segundo, muy por encima de la mayoría de las plataformas implantables existentes.
El implante se comunica con un pequeño módulo portátil que funciona como estación de relevo. Ese equipo externo se coloca fuera del cráneo, suministra energía al chip mediante acoplamiento inalámbrico y recoge el flujo continuo de datos. A partir de ahí, la información puede enviarse a ordenadores convencionales y procesarse con modelos avanzados de inteligencia artificial para interpretar patrones de actividad relacionados con movimiento, percepción visual, lenguaje o estados cognitivos complejos.
En las pruebas preclínicas, BISC demostró que puede registrar señales de la corteza motora y visual con una resolución espacial y temporal muy elevada, manteniendo una buena estabilidad en el tiempo. Los investigadores también ensayaron protocolos de estimulación eléctrica, con el objetivo de que el mismo implante pueda no solo leer la actividad neuronal, sino también modularla de forma selectiva en futuros tratamientos para trastornos neurológicos.
Desde el punto de vista de la ingeniería, una de las claves del proyecto es la miniaturización extrema. El chip se fabrica con una tecnología de semiconductores que combina circuitos digitales, bloques analógicos de alta potencia y sistemas de gestión energética en un volumen inferior a una milésima parte del que ocupan muchos implantes tradicionales. Esta integración permite reducir al mínimo el tamaño del dispositivo sin sacrificar capacidad de procesamiento ni fiabilidad.
El equipo responsable del desarrollo destaca que la arquitectura de BISC fue pensada como una plataforma escalable. Al producirse con procesos industriales similares a los de la microelectrónica comercial, el sistema podría adaptarse en el futuro a distintos tamaños, densidades de electrodos y configuraciones de registro según la aplicación clínica, desde el tratamiento de epilepsia resistente hasta neuroprótesis destinadas a recuperar movimiento o comunicación en personas con parálisis.
En el plano médico, el enfoque apunta a procedimientos menos invasivos que los de muchas interfaces profundas. El implante se introduce a través de una pequeña abertura en el cráneo y se desliza sobre la superficie cerebral, evitando estructuras de soporte voluminosas y cables que atraviesen el hueso. Los primeros estudios en quirófano sugieren que el dispositivo puede colocarse con relativa rapidez y que las señales registradas son estables durante las intervenciones.
La combinación de alta resolución, comunicación inalámbrica y compatibilidad con algoritmos de aprendizaje automático abre la puerta a nuevas generaciones de neuroprótesis adaptativas. En lugar de sistemas rígidos, con un número limitado de canales, los investigadores imaginan implantes capaces de ajustar su modo de registro y estimulación en función de los patrones que aprendan del propio cerebro, con el objetivo de optimizar el control de crisis epilépticas, mejorar la recuperación tras un accidente cerebrovascular o refinar interfaces para restaurar la visión y el habla.
De cara al futuro, el reto ya no es solo demostrar que la tecnología funciona en entornos de laboratorio, sino llevarla a estudios clínicos más amplios y, eventualmente, a la práctica médica cotidiana. Eso exigirá evaluar a largo plazo la seguridad del implante, su comportamiento en distintos tipos de pacientes y la forma en que los datos que genera se integran en la toma de decisiones clínicas. Si esa transición tiene éxito, dispositivos como BISC podrían contribuir a redefinir la relación entre cerebro, tecnología y salud, acercando un escenario en el que la comunicación directa entre neuronas y sistemas digitales sea una herramienta de uso habitual en neurología y rehabilitación.