Una decisión regulatoria en Estados Unidos volvió a poner en primer plano una urgencia sanitaria global: cómo sostener tratamientos efectivos cuando las bacterias aprenden a esquivar los antibióticos. La autoridad sanitaria del país amplió la autorización de un antibiótico oral perteneciente a una clase nueva para el tratamiento de la gonorrea urogenital no complicada en pacientes de 12 años o más. El mensaje de fondo es claro: el sistema necesita más herramientas, pero también reglas de uso más finas para que esas herramientas duren.
El motivo es conocido por quienes siguen la epidemiología de las infecciones de transmisión sexual. La gonorrea, causada por la bacteria Neisseria gonorrhoeae, puede parecer un cuadro “simple” porque a menudo se presenta con síntomas localizados y porque, en muchos casos, se trata en consultorios de atención primaria o clínicas de salud sexual. Sin embargo, su impacto se amplifica por el subdiagnóstico, por la reinfección y por la dinámica de transmisión: cuando el tratamiento falla o no se completa, la cadena se sostiene y la bacteria circula con más oportunidades de mutar y adaptarse.
En términos clínicos, la infección puede dejar de ser un episodio pasajero. En mujeres y personas con anatomía reproductiva femenina, la infección puede ascender y favorecer enfermedad inflamatoria pélvica, dolor crónico, embarazo ectópico e infertilidad. En varones y personas con anatomía reproductiva masculina, puede asociarse a epididimitis y otras complicaciones urogenitales. En ambos casos, la persistencia de la infección incrementa la probabilidad de transmisión y se vincula con mayor vulnerabilidad a adquirir o transmitir otras infecciones, incluida la del VIH. El costo, por lo tanto, se mide en salud individual y en salud pública.
El gran problema científico es que Neisseria gonorrhoeae tiene un historial sobresaliente de resistencia. A lo largo de décadas, diferentes antibióticos que fueron estándar dejaron de ser confiables en numerosos países. El resultado fue una concentración progresiva en esquemas basados en antibióticos inyectables como piedra angular del tratamiento, a veces acompañados por fármacos orales según guías y contexto. Cuando una terapia se vuelve demasiado dependiente de pocas opciones, cualquier aumento de resistencia puede transformar un protocolo en un cuello de botella para el sistema sanitario.
Ahí aparece el valor de contar con una alternativa oral y de una clase distinta. En lo operativo, una opción por vía oral puede facilitar el acceso y la adherencia en entornos donde la aplicación de inyectables no es sencilla, ya sea por barreras logísticas, por disponibilidad de personal, por rechazo del procedimiento o por dificultades de seguimiento. En adolescentes, además, la accesibilidad al cuidado y la confidencialidad suelen ser determinantes: si el circuito de atención es más breve y menos invasivo, algunas personas llegan antes al tratamiento y disminuye el tiempo de contagio.
Pero el valor no es sólo logístico. En microbiología clínica, incorporar un mecanismo de acción diferente ayuda a diversificar la presión selectiva sobre el patógeno. Eso no “elimina” la resistencia, pero puede ganar tiempo y reducir la probabilidad de que una única familia de antibióticos sea explotada hasta el agotamiento. En esta decisión, la autoridad sanitaria estadounidense subrayó un criterio clave: la indicación está dirigida a pacientes con alternativas limitadas o inexistentes. Es una forma de encuadrar el medicamento como recurso de reserva, no como reemplazo inmediato de los esquemas que todavía funcionan.
El fundamento de la ampliación se apoya en evidencia clínica comparativa. En el desarrollo de nuevas opciones para gonorrea, la vara es exigente: no basta con mostrar actividad en laboratorio, hace falta demostrar tasas de curación y perfiles de seguridad comparables a las terapias de referencia. En ensayos controlados, los resultados se miden por erradicación microbiológica y resolución clínica, además de eventos adversos y tolerabilidad. En infecciones donde el tratamiento debe ser rápido y efectivo, la eficacia clínica es el pasaporte para cualquier cambio de guías.
Ahora bien, la aprobación de un antibiótico nuevo no es el final de la historia, sino el inicio de otra: la gestión del uso. En resistencia antimicrobiana, la experiencia es contundente: cuanto más indiscriminado es el consumo, más rápido aparece la pérdida de eficacia. Por eso, el impacto real dependerá de cómo se definan los criterios de “pocas alternativas”, de cómo se capacite a los equipos de salud y de qué tan consistente sea la vigilancia de resistencia. Monitorear fallas terapéuticas, patrones de sensibilidad locales y brotes de cepas resistentes es tan importante como prescribir el fármaco.
También hay un punto de salud pública que no debería quedar eclipsado por la novedad farmacológica. La gonorrea se controla con una combinación de diagnóstico oportuno, tratamiento efectivo, rastreo y tratamiento de parejas sexuales, educación sexual basada en evidencia, y reducción de estigma para que las personas consulten sin demoras. Sin ese paquete, el mejor antibiótico termina actuando como “apagafuegos” en lugar de herramienta de control sostenido. Y a medida que el patógeno se adapta, la prevención y el testeo se vuelven todavía más relevantes.
Desde la biotecnología, el caso refleja otra tendencia que vuelve a cobrar fuerza: la reactivación del pipeline antibiótico luego de años de escasez de nuevas clases. Desarrollar antibióticos es complejo y, además, económicamente contradictorio: la medicina y la salud pública buscan reservar los nuevos fármacos para preservar su eficacia, lo que limita su volumen de ventas. Por eso, cuando una molécula con mecanismo novedoso llega a aprobación, suele leerse como un síntoma de que cambiaron incentivos, estrategias de cartera y prioridades en enfermedades infecciosas.
En la práctica, esta ampliación de uso puede ofrecer un margen adicional en un área donde la medicina venía jugando con pocas cartas. Pero ese margen sólo se sostendrá si se acompaña de prudencia: indicación restringida cuando corresponde, diagnóstico confirmado cuando sea posible, seguimiento, tratamiento de contactos y vigilancia microbiológica. La historia de la gonorrea enseña que la bacteria aprende rápido. La pregunta central ya no es si aparecerá resistencia, sino cuánto tiempo se puede demorar ese reloj con políticas de uso racional y con un ecosistema de innovación que siga produciendo alternativas.